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El origen de los churros sigue siendo un tema de debate. Aunque se asocian comúnmente con España, existen varias teorías que sugieren su procedencia en otras partes del mundo. La teoría más aceptada es que los churros llegaron a la península ibérica a través de comerciantes y viajeros que traían consigo nuevas recetas de lugares lejanos.
Una teoría particularmente popular es la que vincula los churros con China. En este país asiático existe desde hace siglos una masa frita llamada “youtiao”, que comparte con los churros su método de preparación, ingredientes y forma alargada. Algunos historiadores gastronómicos creen que exploradores portugueses pudieron haber introducido la receta en Europa, adaptándola hasta llegar al churro español que conocemos hoy en día.
Sin embargo, otros expertos defienden que los churros podrían haber nacido directamente en España, creados por pastores que pasaban largas temporadas en el campo con ingredientes fáciles de transportar como el harina, el agua o la sal. ¡El nombre proviene de las ovejas churras, cuyos cuernos se asemejan a la forma del churro!
Eso sí, los primeros churros tenían poco que ver con lo que preparamos hoy día, especialmente en lo referido a la forma, los sabores o los complementos. La masa era sencilla, sólo harina, agua y sal —sin azúcar ni complementos—, frita en aceite de oliva.
Con el tiempo, la receta se adaptó según las regiones. En Andalucía son especialmente populares las porras o calentitos, churros más gruesos y esponjosos. En otras zonas del país se les empezó a agregar azúcar, canela o acompañarlos con chocolate caliente.
Los primeros churros eran vendidos casi exclusivamente en puestos callejeros, envueltos en papel de estraza para evitar quemarse ni mancharse demasiado. Con el tiempo empezaron a surgir las churrerías y chocolaterías que incorporaban los churros a sus cartas como el desayuno o merienda perfecta.